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Por Herjope - 20 de Octubre, 2006, 21:30, Categoría: Cuento

Si bien el horario de trabajo en el correo es bueno para poder llevar a cabo otras actividades, a Julio el tiempo nunca le alcanzaba para mucho. Una tarde antes de llegar el verano, se encontró frente a su último dibujo realizado sobre el escritorio de Encotel. La isla del diseño semejaba una silueta femenina, en estado de embarazo, y desde una recóndita bahía paría una incesante cantidad de embarcaciones que partían hasta desaparecer en altamar, donde las figuras, ya mínimas, se ahogan en el horizonte.

Despachó el último informe de telegramas y certificadas y dejó libre de trabajo la entera superficie del viejo escritorio. Abrió el primer cajón para sacar su carbonilla y firmar su último trabajo. Lo cerró bruscamente, y el eco de maderas resonó en sus oídos como las matinales campanadas del colegio contiguo a su casa, llamando a los alumnos a clase y a él, a levantarse para no llegar con retraso a la oficina.

Julio ya había recibido el telegrama. Nadie lo sabía, él nunca lo había comentado. No hablaba demasiado, trabajaba mucho y dibujaba por demás cuando tenía sus respiros. Julio era, aunque no quisiera aceptarlo, un artista, un virtuoso desperdiciado en la soledad de una interna oficina de correos. Cuando las puertas al público se cerraron, él ya había retirado el vidrio de su escritorio. Se quedó sentado un momento observando todos los dibujos que descansaban en el mueble desde hacía tiempo.

Era noviembre. Se iba de Encotel después de diecisiete años de trabajo y de haber llegado a su puesto con apenas treinta y cinco de edad. Diecisiete años y más de cien trabajos distribuidos por la oficina de correos de la avenida Prozac. Comenzó a recorrer los dibujos como una retrospectiva de algo que nunca sucedió. Empezó por el ángulo superior izquierdo de su escritorio, donde una hoja de bordes amarillentos retrataba en ese mismo escritorio a don Ricardo y su pipa, su primer jefe. El último buen jefe que había conocido. Fue observando cada dibujo antes de despegarlos cuidadosamente de cada superficie. Las rejas de las cajas donde estuvo alguna vez también estaban ahí, vistas desde adentro, con un jardín interminable al otro lado. Algunos viejos clientes, algunos viejos empleados que todavía venían a visitarlo de cuando en cuando. Le decían Julio, era licenciado pero muy pocos conocían su título, como su apellido, que hubiera sido anónimo de no ser por su sello “Julio D. Lira – Jefe zonal a cargo – Encotel”

Solía vestir bien, aunque había días que, sin descuidarse al extremo, adquiría una imagen bohemia que casi pasaba desapercibida. Esos días se quedaba hasta tarde, y dibujaba mucho. Al día siguiente algún nuevo diseño se descubría en el lugar, en ocasiones más de uno.

Era inteligente. No le costaba aprender nada y se adaptaba con facilidad a los cambios tecnológicos. Eso sí, los cambios de manejos en la superioridad, que notoriamente iban contra sus ideales y en detrimento del bienestar general no le eran fácilmente asimilables; le causaban largos dolores de cabeza que lo extenuaban al punto de tomarse un par de días para volver, y al presentarse nuevamente pedía disculpas a cada uno de sus empleados.

Era un buen hombre. Sabía un poco de todo y mucho de nada. Conocía lo necesario y el resto lo creaba de la nada, improvisaba hasta que todo funcionara como correspondía. Siempre consultaba a todos sus empleados y no tomaba decisiones hasta que no obtener un importante consenso. Hablaba poco, y escuchaba demasiado.

Soportó varios cambios de gobierno y muchas más injusticias. En esos momentos dibujaba día y noche, como la gran rebelión que colgaba detrás de su puerta o dramáticas y románticas imágenes sociales que guardaba en sus cajones.

En la pared posterior de la oficina había unas cortinas que siempre permanecieron cerradas. Algún indiscreto del personal de limpieza había comentado alguna vez, que detrás de ellas había una óleo de una ventana, que Julio habría realizado cuando le adjudicaron la oficina. Nunca lo había visto nadie.

Julio era simple y alegre, pero guardaba algo para sí. Tal vez lo mejor. ¿Qué habría sucedido si hubiera mencionado en voz alta que todo lo que había logrado era su peor pesadilla, que estaba prisionero en un sitio imaginario del que no podía escapar? Tal vez varios hubiéramos sentido lo mismo, y él no era tan soberbio como para menospreciar las ilusiones, de los que todavía creen que seguir un conjunto de reglas impuestas entrelazadas cuasiracionalmente entre sí, puede solucionar sus vidas y satisfacer sus aspiraciones.

Julio siguió dibujando hasta esa tarde. Hasta esa noche, porque no se fue de su oficina hasta bien entrada la madrugada. Todos hubieran dicho que era una nueva injusticia, una terrible injusticia, que le arruinaban la vida a una persona excepcional y hasta con seguridad, sus empleados hubieran tomado cualquier medida para modificar la decisión de los nuevos empresarios. Pero de nada hubiera servido. Julio estaba agradecido en su silencio. Esa noche sólo se llevó del correo todos sus diseños en varias cajas de archivo de Encotel. (Alguien hubiera dicho que esa actitud se trataba de un hurto). Todos sus empleados se enteraron de su partida la mañana siguiente. Toda la oficina estaba desprovista de imágenes. A medida que los empleados llegaban iban ingresando a su despacho con extrema curiosidad. Las cortinas de la pared estaban por primera vez corridas. Detrás de ellas una imponente ventana daba al mar con una vista indescriptible. Algunas ramas de cipreses apenas entorpecían la vista de la costa y algunas embarcaciones que comenzaban a perderse. En el extremo del muelle estaba Julio, cargando alegremente sus cosas en una embarcación azul, a unos metros, bajo una sombra que dividía el muelle en dos mitades, se encontraba cada uno de ellos en el preciso orden que fueron llegando, con sus miradas tristes, arrastrando en cada tobillo un grillete dorado.

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