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El lápiz negro

Por Herjope - 21 de Septiembre, 2006, 19:19, Categoría: Cuento

 

El lápiz estaba ahí. En el comedor, como un adorno sutil y llamativo. Posado en dos pequeños soportes metálicos, dorados, que se elevaban desde un bloque de roble cubierto por un cubo de cristal. Era un lápiz de madera, uno de esos que llevan seis caras entre amarillas y negras, y la cabeza roja como encendida. Un lápiz común. Pero especial.

Sobre la madera, una plaqueta de bronce llevaba la inscripción:

“Hernández Bustos  25.Dic.72 - 06.Jun.06”

 

Estaba en la sala de espera. Todavía faltaban cuatro pacientes para su turno, eso equivalía normalmente a casi dos horas de demora, y ese día, no había ido provisto de algo para leer ni nada para escribir. Resignado se acercó hasta el revistero y tomó algunos ejemplares para pasar el tiempo. Las revistas de las salas de espera tienen algo especial. O ya sabemos lo que contienen, o nos despachamos con una novedad del año anterior; pero cuando enfrentamos dos horas de letargo mirando el techo y esquivando las miradas, estas, son las mejores ventanas para escaparnos del lugar. Entre las revistas que había arrebatado, en su mayoría farandulescas, se encontró con una de tapa rosada, sencilla, con una serie de pequeños corazones y frases extremadamente cursis. “Amor mío” te aseguraba encontrar tu media naranja. Lo irritaba bastante eso de comparar a uno con una fruta, o peor aún, con media! Como si uno para ser entero precisase necesariamente de otra mitad, y encima de su misma fruta. ¿Qué tal si alguien buscase una media banana, o un medio limón…?. El mero hecho de haberla visualizado le había causado vergüenza, pero sutilmente la mezcló entre las páginas de otra revista y comenzó a investigar. Entre poesías de postal y empalagosa cantidad de jarabes, mieles y terroncitos de azúcar de índole diversa, la gente describía ahí sus perfiles, su personalidad, sus medidas, su peso, sus gustos… dejaban una frase o presentación y expresaban lo que estaban buscando. (Relación estable, cita sin compromiso, sexo casual, amistad y después vemos, …). ¿Qué llevaría a alguien a exponerse de esta manera?. La curiosidad le fue generando preguntas, cuyas respuestas eran tan concretas y simples que se sintió parte de la sociedad que él mismo despreciaba. ¿porqué juzgar?. Algunos tal vez no cuenten con el tiempo necesario, tal vez no encuentren en la calle lo que verdaderamente buscan, quizá la timidez los condene a presentarse de esa forma, o se sientan mas seguros conociendo a alguien por correspondencia, y de creer que valga la pena el encuentro, correr el riesgo.

La doctora abrió la puerta del consultorio y llamó al siguiente. Ya quedaban tres. Un señor de unos sesenta años que leía el diario del día y de vez en cuando exteriorizaba alguna indignación, a la que nadie respondía, y un muchacho de unos treinta y pico que hablaba con la otra paciente en espera, de vestido blanco con magnolias bordadas.

“Hablaba” es una forma de decir, era evidente que le hacía la corte; que le arrastraba el ala como dice mi abuela. Se sabe que ya se conocían de otros turnos y la conversación, obviamente, no daba lugar a que uno participara.

Conocer a alguien por correspondencia no tiene nada de malo, después de todo puede resultar interesante tener una somera idea de con quien uno va a encontrarse, sacarse algunas dudas (si eso puede suceder), de lo que tal vez no preguntarían cara a cara o tardarían meses en descubrir.

Había mujeres que parecían demasiado hermosas para estar ahí publicadas como oferta de fin de temporada, lo sentía poco creíble; a otras les era inevitable. Pero había un perfil que le llamó demasiado la atención. Había una mirada que le había despertado algo. Siguió ojeando la revista y regresó en incontables ocasiones a releer ese perfil. Lo leyó completo una y otra vez como si necesitara encontrar algo que le molestara, algo que le quitara esa sensación extraña. Sí, se sentía avergonzado como si todos se hubieran dado cuenta. Quería conocerla. Leyó todas las bases de la revista. Tenía que contactarse con ese perfil, pero no sabía cómo ni adónde. El sistema era cerrado y sencillo, para contactarse con alguien uno debía primero inscribirse en la base de datos de la editorial, generar un perfil, incluir tres fotos y permitir  que a uno lo editen en sus páginas para que cualquiera pueda consultar sus datos. Que horror! Para contactar a una persona había que sufrir semejante exposición, como si a uno lo pusieran en la vidriera de una tienda, viendo como la gente pasa y mira - a ver señor… de una vueltita, párese tres cuartos de perfil. A ver esa cola?. - Que cuadro dantesco!

- Hernández - su turno

Salió con su receta en la mano y mientras le asignaban un turno para la semana entrante enrolló disimuladamente la revista, temeroso que lo descubran (no por el robo, sino por el cuerpo del delito) y la escabulló entre su campera. Pagó, saludó y se fue. La llevó escondida, como si hubiera cometido el peor de los pecados, hasta llegar a su casa. La vergüenza lo invadía como si todo el mundo lo estuviera juzgando, tanto por el deseo de conocer a Jazmín, la chica de la página de citas, como por el hurto innecesario.

* * *

Una semana después había tomado la decisión, había diagramado su perfil sin excesiva precaución, adjuntó tres fotos suyas y se apersonó en la editorial. El hall del lugar estaba repleto. Unas cincuenta personas hacían trámites, presentaban notas, reportajes, cartas… Él se dirigió hasta información y preguntó:

- Disculpe, vengo para averiguar sobre una revista… Algo de citas me dijeron. -

- Ah! Si. “Amor mío”! -

- Si, creo que sí -

- Es para inscribirse? -

La pregunta fue técnicamente un knock out. Empalideció, se avergonzó terriblemente, pensó durante un segundo como escapar de ahí, pero…tenía que conocer a Jazmín.

- Sí.- Contestó rápido y seco

- A ver… Aguarde un segundo. Lauraaaaaaa! - La empleada llamaba a una chica, aparentemente, de nombre Laura. El aullido cruzó todo el hall de la editorial y exactamente en la otra punta, en el último escritorio del salón, una hermosa chica de unos veinte años se levantó a mirar. (Evidentemente era Laura)

- Vos tomás las inscripciones para la página de citas de la revista “Amor mío” ¿no? -

Pareció como si todas las cabezas del lugar girasen hacia donde él estaba.

No pareció, giraron; ya sea por el grito poco ético y fuera de lugar o por el motivo del mismo. Pero giraron.

- Vaya con la señorita que le toma los datos para editar su perfil y luego abona en la caja. -

La chica parecía tener la voz con amplificadores incorporados.

Quien no escuchó la conversación fue porque no quería; o porque aún no había recibido la orden para sus audífonos. Se sintió tan chiquito que le pareció cruzar entre las rodillas de todos los que estaban en el hall, obviamente por razones muy diferentes a la suya. Llegó al escritorio de Laura y un poco más tranquilo se sentó para la fase final del cometido. Al menos ahora le daba la espalda a todo el mundo. Llenó todos los papeles, pagó la inscripción y se retiró como si nada, suponiendo que las cincuenta personas del hall ya se hubieran renovado. Antes de salir, le dejó un “adiós y gracias”, con un levce movimiento de cabeza y una sonrisa exagerada, a la chica de informes.

Ya tenía la casilla de correos de Jazmín

* * *

De regreso a su casa se detuvo en una librería, una de esas librerías antiguas donde uno encuentra todos los útiles que se le pueda ocurrir, desde plumines hasta microfibras, lápices, lapiceras y boligrafos de cualquier precio y estilo. Pidió un cuaderno espiralado de tapas duras y un lápiz.

- Un lápiz cualquiera? - Preguntó el librero por arriba de sus anteojos y mostrando la prominente calva brillante. - Si le gusta escribir en lápiz lleve éste! Me va a decir que es un lápiz común, y en apariencia, es verdad, pero yo le puedo asegurar que no. Si usted escribe en lápiz sabe lo que es. Sentir el deslizamiento, los cambios de trazo, dejar grabadas las marcas de quiebre de puntas, el amoldamiento del lápiz para seguir su recorrido. Y después, con el tiempo, ese borroneo inevitable. Como el tiempo mismo lo hace con nosotros, rodeando las letras escritas con esos grises en degradé, ese contagio a las hojas contiguas, a los propios dedos que lo manipulan. Escribir en lápiz, amigo, es un placer especial y solo para algunos. Llévelo. Se lo regalo. -

El librero tenía razón. Le había caído tan simpático que el lápiz ya era especial. Cuando llegó a su casa improvisó una especie de escritorio al lado de la ventana del comedor, sobre una mesa ratona de madera antigua. Desparramó unos mullidos almohadones alrededor y comenzó a escribir los primeros proyectos de misiva.

¿Qué se dice en esos casos, como presentarse, con qué motivo? Y por carta!. ¿Qué pensaría el destinatario? ¿le caería bien? ¿Contestaría?. Así fue transcurriendo la tarde, la noche… y casi al amanecer ya había confeccionado una interesante colección de presentaciones desechadas. Prefirió no tirarlas, sino ir apilándolas a un lado guardando los borradores. La última carta fue las más simple y precisa, reconoció que le gustó el perfil que había visto y contó tímidamente alguna que otra cosa sobre sí mismo.

Durante los primero días se cuestionó el hecho, se preguntaba si era lo correcto, si Jazmín era realmente como decía o si simplemente había imaginado un perfil. Cuando él se inscribió nadie cercioró sus datos, ni le tomó las medidas, ni lo pesaron. Ni siquiera se detuvieron a mirar sus ojos para confirmar que fueran azules. Tarde. La carta ya había sido enviada. Igualmente estaba convencido que nadie respondería su curiosa misiva. Casi inesperadamente, al cabo de unos días, la respuesta llegó. Jazmín había leído la carta y consultado su perfil en la base de datos de “Amor mío”. Parecía haber quedado interesada, e iniciaron así una serie de idas y vueltas epistolares que durarían semanas. Cada carta que él recibía el interés por Jazmín se incrementaba, en ocasiones parecía notar que el mismo no fuera recíproco y las dudas se instalaban en sus pensamientos para martirizarlo en las noches; pero había tantas coincidencias, tantas semejanzas, que los deseos de conocerla ya se tornaban en fantasías; en idílicos delirios de una improbabilidad alarmante. Era consciente de todo lo que sucedía aunque escapaba de su escaso control. De repente se sentía, con absoluta razón, un completo estúpido, las cosas que escribía eran estúpidas, las situación, todo era una completa estupidez: incluso  el hecho de pensar que podía enamorarse por correo, a distancia. ¿Quién era Jazmín? ¿Cómo era en realidad esa ilusión de tintas y papeles?

En las siguientes comunicaciones comenzó a intentar la concreción de la tan ansiada cita. Las respuestas nunca eran evasivas, pero gozaban de una ambigüedad tal que la desesperación comenzaba a embargarlo. Un poco porque quería terminar con sus sospechas y otro poco porque deseaba, con una frenética ansiedad, que esa mujer existiera.

Con la misma decisión que comenzó toda la historia, decidió darle un  final. Volvió a la editorial a ver a Laura, que ya no trabajaba en el lugar y había sido reemplazada por Estela, una mujer mayor de cuerpo robusto y buenos modales. Le solicitó, le pidió, le suplicó y le exigió la dirección de Jazmín. La negativa era rotunda a cada uno de sus pedidos. Insistió casi hasta el hartazgo, incluso, por momentos, con tono amenazante, lo cual tornaba la negativa cada vez más justificable. Ni el Gerente de la editorial quiso colaborar con su causa o ayudarlo de algún modo. Él mismo fue quien lo acompañó hasta la salida mientras la gente de seguridad lo retorcía suspendido en el aire.

Esa noche escribió una última carta. La idea era no volver a escribirle a Jazmín si esta no contestaba claramente quien era y se hacía conocer. Y así lo hizo. La carta no fue precisamente un reproche ni una queja, ni siquiera una exigencia; esa noche escribió la más extensamente estúpida declaración de amor, una carta de amor tan dulce, tan rebosante de sentimentalismos que ni siquiera pudo pasarla a tinta, debido a las reiteradas arcadas que le producía el solo hecho de leerla entre tanto caramelo y densos jarabes. Fue por eso que la última carta se envió en lápiz.

Una vez que despachó el sobre en el buzón, se sintió liviano, superado, calmo. Todo había llegado a su fin, esperaría recibir a Jazmín o no volvería a escuchar de ella.

Al día siguiente, particularmente perfumada y sin sello ni rastro alguno de paso por el correo, recibió por debajo de su puerta la última carta de Jazmín. Dentro del sobre había una hoja escrita en lápiz y un lápiz, exactamente igual al suyo; el mismo, ya que ha decir verdad por mas que buscó y buscó nunca volvió a encontrar el lápiz que recordaba haber dejado sobre su escritorio. La última carta fue encontrada junto a todos sus textos, también escritos en lápiz por supuesto, y decía:

“Querías saber quien soy. Pues bien, ya lo sabés. Soy Jazmín. Arbusto trepador que oculta cualquier obstáculo que se le interponga. Soy inimaginable, soy trescientas mujeres en una mujer, soy todas tus mujeres; las que tuviste y las que tendrás, las que no tuviste y las que cultivaste en los jardines de tu imaginación. Tengo las flores más blancas que jamás habrás de conseguir en ninguna otra, porque yo soy todas y llevo el aroma intenso y dulce de la memoria.

Querías saber quien soy. Ya lo sabés. Soy la única mujer, que nunca vas a poder tener.”

 

Hernández Bustos fue internado en el instituto neuropsiquiátrico “Hristo Casanova” en 1999. Sufría una especie de paranoia, proveniente del viejo mundo, denominada “lhuttoppium”. Se dice que cuando encontraron sus textos muchos quisieron editarlos, gozaban de una excelencia infinita y de una poesía indescriptible. Pero ni siquiera se llegaron a pasar a tinta, cada persona que leyó los manuscritos conocía por casualidad alguna mujer que generalmente llevaba nombre de flor, única palabra que insistentemente repetían cuando se les declaraba la enfermedad.

 

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