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Julio del 2006

Clase 72, expediente sin número

Por Herjope - 23 de Julio, 2006, 16:16, Categoría: Cuento

Cuando el incipiente expediente llegó a mis manos de ninguna manera se me hubiera ocurrido semejante trama y tal desenlace. Ya había comenzado el mundial, y como todo ex-jugador que no llegó tenía decidido ver todos los partidos que hubiera. Por eso, que me asignaran un expediente de esas características a esa altura era verdaderamente un fastidio insoportable; un adolescente de padre desconocido, desaparecido como por arte de magia, una prostituta asesinada, un muerto de sobredosis que estrenaba cartel de desocupado y un basurero que algo que ver con todo el embrollo tenía que tener.

El día que cité a Marcelo Dudasuolo, el barrendero, supuse que ningún dato de trascendencia iba a surgir de su declaración. En absoluto tenía perfil de recolector de basura o barrendero; hombre aseado de unos 33 años, correcto, de buenos modales, con un hablar interesante, aparentemente culto y con una particular ansiedad que en un primer momento supe atribuir a la incomodidad de la citación.

Marcelo era basurero, oficio que no le molestaba demasiado, esto le daba el dinero necesario para comer y mantener su humilde editorial independiente, con la cual se daba el gusto de diseñar modestos pero interesantes diarios con textos de eximios escritores consagrados, algunos no tanto y una serie de autoplagios de su producción literaria con nombres generalmente extravagantes. Marcelo era específicamente recolector, pero alguna mano mágica modificó su destino laboral para devenirlo en barrendero. La mano mágica era Jorge, su jefe; él había sido quien lo condenara a su juego de pala y cepillo, y a ese móvil circular a tracción humana que paseaba por las calles de Palermo viejo. Después de rondar durante años las mismas aceras de siempre había comenzado a construir una interesante amistad con Demián, un adolescente que hasta entonces lo había configurado en objeto de cada una de sus burlas. Éste era uno de los primeros datos de relevancia. Demián era el adolescente desaparecido que estábamos intentando localizar, aparentemente su madre también había desaparecido, pero no había señales ni indicios de mudanza alguna. Estos detalles hacían que la madre también generara ciertas incógnitas, aunque su reputación aparentaba ser impecable, madre soltera que abandonó la escuela y la casa de sus padres para tener a su hijo sola, con el tiempo se recibió de bachiller en la nocturna cursando el año que le restaba y mantuvo paralelamente diversos trabajos hasta terminar su curso de enfermería, oficio que mantendría a la pequeña familia sin sobresaltos hasta hace un tiempo.

Marcelo describió a Demián como un muchacho introvertido, muy inteligente y aseguró que sus conversaciones se fueron haciendo mas amenas luego de descubrir la pasión compartida que ambos poseían por la literatura. Así comenzaron a verse seguido, a prestarse publicaciones, libros, y discutir en ocasiones sobre las diferentes visiones que cada uno mantenía.

El relato era muy emotivo, pero hasta acá los datos eran casi intrascendentes en cuanto al caso, solo justificaba su relación con Demián y no había puntos oscuros que exigieran una indagación más profunda sobre el tema. Era evidente que había cosas que Marcelo no sabía, y tal vez, por el momento, fuese mejor que todo siguiera así.

Había que llevar la conversación a las últimas semanas, algo debía haber sucedido en ese tiempo, algo debía haber visto o sospechado mientras a mí se me presentaban de golpe dos bolsas de problemas que apenas las unía un expediente que no encontraba forma fehaciente de conectarlas.

Algunas tardes atrás, Marcelo se había encontrado a tomar algo con Demián, para intercambiar algunos libros y charlar sobre su contenido, se reían de algunos textos de “Aguafuertes porteñas” cuando sin decir una palabra, con una rígida sonrisa poco natural y levantando la palma de su mano, pasó por al lado de ellos Domingo Martínez Martín saludando a Demián. Marcelo lo reconoció inmediatamente y se levantó a saludarlo. Tuvo que correrlo unos pasos para alcanzarlo y ahí Domingo lo recordó. Habían sido compañeros de colegio durante el secundario. Domingo se mostró apresurado y le extendió su tarjeta a Marcelo para que lo llamase, le conseguiría un trabajo en su empresa. Marcelo no había pedido nada, pero no le venía nada mal la propuesta, y era una buena excusa para reencontrarse.

Era importante ver las reacciones de Marcelo ante estos comentarios, en ningún momento titubeó, habló tranquilo y se refería a Domingo como si hubiera recuperado definitivamente un amigo. Todo esto me desconcertaba un poco. No parecía estar mintiendo pero debía saber algo que no decía, o, en todo caso, era dueño de una frialdad tan extrema como para que nada le afectase siquiera en su forma de expresarse.

Pasado el acontecimiento de Domingo, ambos, Marcelo y Demián, se preguntaron el origen de sus relaciones con él. En apariencia Domingo era conocido de la madre de Demián y compañero de secundario de Marcelo. Nada más. Nada más que Marcelo supiese por ese entonces, salvo que los comentarios de Demián sobre su viejo amigo Domingo no fueron muy positivos. Eso incomodaba un poco a Marcelo, pero era en vano aclararle entonces que ya no debería ser un motivo de preocupación para él.

Días mas tarde Marcelo se comunicó con la oficina de Domingo, se encontraron ahí y conversaron toda la tarde. Marcelo todavía se mostraba sorprendido por el supuesto éxito construido por su amigo, dio detalles de su oficina, las ropas, la distribución del lugar y demás. Pero en medio de la conversación que Marcelo reproducía, un detalle diagramó todo un circuito en mi cabeza; un nombre. Domingo había preguntado a Marcelo si recordaba a Laura Taussetti, le había recordado a “la tana” sabiendo que siempre había estado intentando conquistarla de mil maneras. Dejé que Marcelo divagara un poco, se puso a reflexionar sobre Demián y sus conversaciones, se recordó similar a él cuando vio por última vez a Domingo y a Laura, y pensaba lo bien que le había ido a su amigo, que habría hecho Laura de su vida, que había hecho él con la suya... También es importante comprender un poco la situación psicológica de quien está aportando los datos, pero Laura apenas había aparecido y todos sabíamos que había algo más. Cuando Marcelo volvió al hilo de su declaración reconoció haber estado enamorado de ella, si es que eso podía suceder a los 16 años. Domingo contó que la conocía y le propuso encontrarse para salir con él esa misma noche e ir a verla, él sabía donde encontrarla. – Cuando te vea se muere. Y te vas a poder quitar esas ganas que le tuviste siempre – le dijo mientras se ponía el saco para ir a ver al Presidente de la empresa que lo esperaba, según le informó su secretaria por el aparatito del escritorio.

Marcelo quedó dubitativo durante unos segundos, a esa altura yo ya estaba casi convencido que era un buen tipo o un pelotudo de importante envergadura. Había algo que Marcelo masticaba y masticaba, Domingo también estaba detrás de Laura en aquélla época y no alcanzaba a descubrir que historia podrían haber tenido ellos desde entonces, así que prefirió ocultarle a su amigo que entre Laura y él había comenzado una historia, que quedó suspendida en el tiempo cuando ella abandonó el colegio a meses de terminar. Desde entonces nunca más había escuchado de ella. Marcelo estaba angustiándose un poco, preferí hacer un corte para café de unos quince minutos para que después me contara, ya mas tranquilo, lo que había sucedido esa noche.

Cuando volví a sentarme delante suyo Marcelo empezó a contar automáticamente y de forma muy medida todo lo sucedido. Cuando se encontró con Domingo lo notó un poco extraño, ya no tenía el perfil de ese hombre que se llevaba el mundo por delante como hace unas horas, estaba nervioso, angustiado..., al parecer un mal día en el trabajo lo había cambiado por completo en el lapso de unas horas. Marcelo prefirió viajar callado durante el trayecto en el lujoso Audi de Domingo.

No sé si fue un arrebato de mi inconsciente, si la historia estaba comenzando a ponerme nervioso, o ya no creía que este tipo no supiera nada; pero no pude evitar preguntarle si no estaba al tanto de que Domingo había sido despedido esa tarde de la empresa. Bien, evidentemente este barrendero no sabía nada de nada, pero todo daba vueltas a su alrededor como por arte de magia. Se quedó sorprendido, creía que ese pobre cachivache era uno de los dueños de la empresa. Me pareció que con la noticia podría coartar un poco su declaración, pero no pude evitar seguir inquiriendo y buscando aclarar un poco el panorama, así que le pregunté si tampoco sabía de la muerte de su amigo sucedida esa misma noche, que había sido encontrado en su auto en una esquina de Palermo, que las pericias médicas habían encontrado una importante cantidad de alcohol y droga en sangre... Si él sabía algo me iba a dar cuenta por su reacción, al menos que el tipo se me cayera redondo. Bueno, la segunda opción fue la mas cercana. El basurerito se me desmayó y hubo que reanimarlo.

Volvimos a hacer un corte; esta vez de una hora, y terapeuta de por medio. Yo me hice una escapada hasta el televisor que habían comprado los muchachos. Emiratos Arabes le ganaba a Pakistán 3 a 0.

Ya repuesto después de las novedades, Marcelo confesó que Domingo había estado consumiendo porquería desde que se encontraron esa noche, que ahora entendía el estado de ánimo de su amigo y bla bla bla. La verdad que yo hubiera suspendido la declaración para otro día, para que volviera más tranquilo. Aunque estuve bien en continuar, ahora entiendo que no hubiera vuelto nunca. El tipo tenía que darme alguna pista más, sin darse cuenta él solo me iba aclarando todo; y lo que contara sobre esa noche era fundamental para la causa, ya que no podíamos contar con el finado Domingo.

Como lo esperaba, llegamos al momento de entrar al Cabarute. Entre la droga, el alcohol y las conversaciones de trabajo y poder que Domingo desplegaba sobre la mesa, Marcelo ya se había hecho la idea que calmaría un poco a su amigo, no tocaría el tema de la promesa de trabajo, no parecía oportuno, y que finalmente dejarían la salida con Laura para otro día, se estaba haciendo tarde y el ánimo no era el apropiado. Pero este hombre estaba recibiendo en sobredosis todas las sorpresas que no había recibido en su monótona vida. Cuando no daba para más, Domingo se levantó para retirarse, pero antes le quiso presentar a alguien. Subieron las escaleras del local, lo llevó hasta una habitación, entraron sin golpear, y le dijo: - Marcelo... te presento a Priscila -

Ya me la veía venir. Priscila, Laura, “la tana”, todas estaban ahí. Semidesnuda, con un cigarro pendiendo de sus labios y el pelo delicadamente revuelto, se reponía de su último turno. Un cuadro dantesco, pero aparentemente muy romántico para el basurerito, que de golpe y porrazo se reconocía enamorado de una prostituta.

Del otro lado de la puerta se escuchó un grito de gol. Por el horario debía ser de Turquía o de Madagascar.

Era preferible posponer la declaración para el día siguiente. Marcelo estaba extenuado y la terapeuta me aconsejaba que no le de más golpes emocionales al pobre muchacho. Por lo tanto, solo le hicimos resumir un poco lo conversado con Laura, para ver que sabía y cerrar un poco la ecuación. Ella estaba un poco avergonzada ante la situación y ofendida con Domingo, él, para no perder la costumbre que tenía en los últimos tiempos, estaba un poco sorprendido por la situación. Habían quedado en reunirse ese sábado en el café de la esquina del hospital de Clínicas, donde ella trabajaba por las mañanas. Le manifestó que tenía muchas cosas que contarle, pero que no era lugar ni momento. Moría de ganas por decirle todo yo, o al menos anticiparle que ese encuentro no iba a concretarse nunca. Pero lo hubiera partido al medio y la profesional ya me había avisado....

La verdad es que no tendríamos que haberlo dejado ir, estuvimos poco precavidos, pero no había motivos fehacientes para retenerlo. Antes que se retire tuve la necesidad de aclararme una duda fundamental, quería corroborar un último dato y le mostré la foto de egresados del normal Nº 8 de Palermo. La reconoció, y le mostré una vieja edición de “Las flores del mal”. Le expliqué que la foto se encontraba dentro del libro y que este lo tenía Demián en su poder. En efecto el libro era el suyo, se lo había prestado a Demián hace unos días, pero la foto... no sabía, no podía asegurar que fuera suya, hacía años que no la veía. Hubiera sido probable, ese libro no lo había vuelto a abrir desde... se puso a recordar, se lo había regalado... como si se le hubiera acomodado un poco lo que ese muchacho llevaba en la cabeza, había algo que el barrenderito no entendía. ¿qué tenía que ver el libro y Demián...?

Se lo tuvo que llevar la terapeuta previa promesa de sumario en mi contra. Otro más. Igualmente creo que el caso ya había quedado bien claro después de escuchar a Marcelo, y si bien no me voy a perdonar nunca no haberle dicho nada del asesinato de Laura y de los datos que teníamos de ella, me consuela que no le hubiera servido de mucho, o al menos, tengo que creer que segundos después tuvo un flash de lucidez y se le aclaro todo el panorama cuando salió del establecimiento. Los guardias de la puerta no alcanzaron a hacer nada, ahí lo esperaba Demián. Uno de los dos nunca se había enterado de nada.

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