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Cómo llegaste acá lo desconozco. Pero advierto que este sitio, sólo por el momento, está desactualizado. Aunque mantengo actualizado el de Poesía en: www.lacoctelera.com/herjope
Pasate por ahí, y si podés, tenés ganas, o lo que fuera... dejá un comentario, siempre es interesante.
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Si bien el horario de trabajo en el correo es bueno para poder llevar a cabo otras actividades, a Julio el tiempo nunca le alcanzaba para mucho. Una tarde antes de llegar el verano, se encontró frente a su último dibujo realizado sobre el escritorio de Encotel. La isla del diseño semejaba una silueta femenina, en estado de embarazo, y desde una recóndita bahía paría una incesante cantidad de embarcaciones que partían hasta desaparecer en altamar, donde las figuras, ya mínimas, se ahogan en el horizonte.
Despachó el último informe de telegramas y certificadas y dejó libre de trabajo la entera superficie del viejo escritorio. Abrió el primer cajón para sacar su carbonilla y firmar su último trabajo. Lo cerró bruscamente, y el eco de maderas resonó en sus oídos como las matinales campanadas del colegio contiguo a su casa, llamando a los alumnos a clase y a él, a levantarse para no llegar con retraso a la oficina.
Julio ya había recibido el telegrama. Nadie lo sabía, él nunca lo había comentado. No hablaba demasiado, trabajaba mucho y dibujaba por demás cuando tenía sus respiros. Julio era, aunque no quisiera aceptarlo, un artista, un virtuoso desperdiciado en la soledad de una interna oficina de correos. Cuando las puertas al público se cerraron, él ya había retirado el vidrio de su escritorio. Se quedó sentado un momento observando todos los dibujos que descansaban en el mueble desde hacía tiempo.
Era noviembre. Se iba de Encotel después de diecisiete años de trabajo y de haber llegado a su puesto con apenas treinta y cinco de edad. Diecisiete años y más de cien trabajos distribuidos por la oficina de correos de la avenida Prozac. Comenzó a recorrer los dibujos como una retrospectiva de algo que nunca sucedió. Empezó por el ángulo superior izquierdo de su escritorio, donde una hoja de bordes amarillentos retrataba en ese mismo escritorio a don Ricardo y su pipa, su primer jefe. El último buen jefe que había conocido. Fue observando cada dibujo antes de despegarlos cuidadosamente de cada superficie. Las rejas de las cajas donde estuvo alguna vez también estaban ahí, vistas desde adentro, con un jardín interminable al otro lado. Algunos viejos clientes, algunos viejos empleados que todavía venían a visitarlo de cuando en cuando. Le decían Julio, era licenciado pero muy pocos conocían su título, como su apellido, que hubiera sido anónimo de no ser por su sello “Julio D. Lira – Jefe zonal a cargo – Encotel”
Solía vestir bien, aunque había días que, sin descuidarse al extremo, adquiría una imagen bohemia que casi pasaba desapercibida. Esos días se quedaba hasta tarde, y dibujaba mucho. Al día siguiente algún nuevo diseño se descubría en el lugar, en ocasiones más de uno.
Era inteligente. No le costaba aprender nada y se adaptaba con facilidad a los cambios tecnológicos. Eso sí, los cambios de manejos en la superioridad, que notoriamente iban contra sus ideales y en detrimento del bienestar general no le eran fácilmente asimilables; le causaban largos dolores de cabeza que lo extenuaban al punto de tomarse un par de días para volver, y al presentarse nuevamente pedía disculpas a cada uno de sus empleados.
Era un buen hombre. Sabía un poco de todo y mucho de nada. Conocía lo necesario y el resto lo creaba de la nada, improvisaba hasta que todo funcionara como correspondía. Siempre consultaba a todos sus empleados y no tomaba decisiones hasta que no obtener un importante consenso. Hablaba poco, y escuchaba demasiado.
Soportó varios cambios de gobierno y muchas más injusticias. En esos momentos dibujaba día y noche, como la gran rebelión que colgaba detrás de su puerta o dramáticas y románticas imágenes sociales que guardaba en sus cajones.
En la pared posterior de la oficina había unas cortinas que siempre permanecieron cerradas. Algún indiscreto del personal de limpieza había comentado alguna vez, que detrás de ellas había una óleo de una ventana, que Julio habría realizado cuando le adjudicaron la oficina. Nunca lo había visto nadie.
Julio era simple y alegre, pero guardaba algo para sí. Tal vez lo mejor. ¿Qué habría sucedido si hubiera mencionado en voz alta que todo lo que había logrado era su peor pesadilla, que estaba prisionero en un sitio imaginario del que no podía escapar? Tal vez varios hubiéramos sentido lo mismo, y él no era tan soberbio como para menospreciar las ilusiones, de los que todavía creen que seguir un conjunto de reglas impuestas entrelazadas cuasiracionalmente entre sí, puede solucionar sus vidas y satisfacer sus aspiraciones.
Julio siguió dibujando hasta esa tarde. Hasta esa noche, porque no se fue de su oficina hasta bien entrada la madrugada. Todos hubieran dicho que era una nueva injusticia, una terrible injusticia, que le arruinaban la vida a una persona excepcional y hasta con seguridad, sus empleados hubieran tomado cualquier medida para modificar la decisión de los nuevos empresarios. Pero de nada hubiera servido. Julio estaba agradecido en su silencio. Esa noche sólo se llevó del correo todos sus diseños en varias cajas de archivo de Encotel. (Alguien hubiera dicho que esa actitud se trataba de un hurto). Todos sus empleados se enteraron de su partida la mañana siguiente. Toda la oficina estaba desprovista de imágenes. A medida que los empleados llegaban iban ingresando a su despacho con extrema curiosidad. Las cortinas de la pared estaban por primera vez corridas. Detrás de ellas una imponente ventana daba al mar con una vista indescriptible. Algunas ramas de cipreses apenas entorpecían la vista de la costa y algunas embarcaciones que comenzaban a perderse. En el extremo del muelle estaba Julio, cargando alegremente sus cosas en una embarcación azul, a unos metros, bajo una sombra que dividía el muelle en dos mitades, se encontraba cada uno de ellos en el preciso orden que fueron llegando, con sus miradas tristes, arrastrando en cada tobillo un grillete dorado.
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El lápiz estaba ahí. En el comedor, como un adorno sutil y llamativo. Posado en dos pequeños soportes metálicos, dorados, que se elevaban desde un bloque de roble cubierto por un cubo de cristal. Era un lápiz de madera, uno de esos que llevan seis caras entre amarillas y negras, y la cabeza roja como encendida. Un lápiz común. Pero especial.
Sobre la madera, una plaqueta de bronce llevaba la inscripción:
“Hernández Bustos 25.Dic.72 - 06.Jun.06”
Estaba en la sala de espera. Todavía faltaban cuatro pacientes para su turno, eso equivalía normalmente a casi dos horas de demora, y ese día, no había ido provisto de algo para leer ni nada para escribir. Resignado se acercó hasta el revistero y tomó algunos ejemplares para pasar el tiempo. Las revistas de las salas de espera tienen algo especial. O ya sabemos lo que contienen, o nos despachamos con una novedad del año anterior; pero cuando enfrentamos dos horas de letargo mirando el techo y esquivando las miradas, estas, son las mejores ventanas para escaparnos del lugar. Entre las revistas que había arrebatado, en su mayoría farandulescas, se encontró con una de tapa rosada, sencilla, con una serie de pequeños corazones y frases extremadamente cursis. “Amor mío” te aseguraba encontrar tu media naranja. Lo irritaba bastante eso de comparar a uno con una fruta, o peor aún, con media! Como si uno para ser entero precisase necesariamente de otra mitad, y encima de su misma fruta. ¿Qué tal si alguien buscase una media banana, o un medio limón…?. El mero hecho de haberla visualizado le había causado vergüenza, pero sutilmente la mezcló entre las páginas de otra revista y comenzó a investigar. Entre poesías de postal y empalagosa cantidad de jarabes, mieles y terroncitos de azúcar de índole diversa, la gente describía ahí sus perfiles, su personalidad, sus medidas, su peso, sus gustos… dejaban una frase o presentación y expresaban lo que estaban buscando. (Relación estable, cita sin compromiso, sexo casual, amistad y después vemos, …). ¿Qué llevaría a alguien a exponerse de esta manera?. La curiosidad le fue generando preguntas, cuyas respuestas eran tan concretas y simples que se sintió parte de la sociedad que él mismo despreciaba. ¿porqué juzgar?. Algunos tal vez no cuenten con el tiempo necesario, tal vez no encuentren en la calle lo que verdaderamente buscan, quizá la timidez los condene a presentarse de esa forma, o se sientan mas seguros conociendo a alguien por correspondencia, y de creer que valga la pena el encuentro, correr el riesgo.
La doctora abrió la puerta del consultorio y llamó al siguiente. Ya quedaban tres. Un señor de unos sesenta años que leía el diario del día y de vez en cuando exteriorizaba alguna indignación, a la que nadie respondía, y un muchacho de unos treinta y pico que hablaba con la otra paciente en espera, de vestido blanco con magnolias bordadas.
“Hablaba” es una forma de decir, era evidente que le hacía la corte; que le arrastraba el ala como dice mi abuela. Se sabe que ya se conocían de otros turnos y la conversación, obviamente, no daba lugar a que uno participara.
Conocer a alguien por correspondencia no tiene nada de malo, después de todo puede resultar interesante tener una somera idea de con quien uno va a encontrarse, sacarse algunas dudas (si eso puede suceder), de lo que tal vez no preguntarían cara a cara o tardarían meses en descubrir.
Había mujeres que parecían demasiado hermosas para estar ahí publicadas como oferta de fin de temporada, lo sentía poco creíble; a otras les era inevitable. Pero había un perfil que le llamó demasiado la atención. Había una mirada que le había despertado algo. Siguió ojeando la revista y regresó en incontables ocasiones a releer ese perfil. Lo leyó completo una y otra vez como si necesitara encontrar algo que le molestara, algo que le quitara esa sensación extraña. Sí, se sentía avergonzado como si todos se hubieran dado cuenta. Quería conocerla. Leyó todas las bases de la revista. Tenía que contactarse con ese perfil, pero no sabía cómo ni adónde. El sistema era cerrado y sencillo, para contactarse con alguien uno debía primero inscribirse en la base de datos de la editorial, generar un perfil, incluir tres fotos y permitir que a uno lo editen en sus páginas para que cualquiera pueda consultar sus datos. Que horror! Para contactar a una persona había que sufrir semejante exposición, como si a uno lo pusieran en la vidriera de una tienda, viendo como la gente pasa y mira - a ver señor… de una vueltita, párese tres cuartos de perfil. A ver esa cola?. - Que cuadro dantesco!
- Hernández - su turno
Salió con su receta en la mano y mientras le asignaban un turno para la semana entrante enrolló disimuladamente la revista, temeroso que lo descubran (no por el robo, sino por el cuerpo del delito) y la escabulló entre su campera. Pagó, saludó y se fue. La llevó escondida, como si hubiera cometido el peor de los pecados, hasta llegar a su casa. La vergüenza lo invadía como si todo el mundo lo estuviera juzgando, tanto por el deseo de conocer a Jazmín, la chica de la página de citas, como por el hurto innecesario.
* * *
Una semana después había tomado la decisión, había diagramado su perfil sin excesiva precaución, adjuntó tres fotos suyas y se apersonó en la editorial. El hall del lugar estaba repleto. Unas cincuenta personas hacían trámites, presentaban notas, reportajes, cartas… Él se dirigió hasta información y preguntó:
- Disculpe, vengo para averiguar sobre una revista… Algo de citas me dijeron. -
- Ah! Si. “Amor mío”! -
- Si, creo que sí -
- Es para inscribirse? -
La pregunta fue técnicamente un knock out. Empalideció, se avergonzó terriblemente, pensó durante un segundo como escapar de ahí, pero…tenía que conocer a Jazmín.
- Sí.- Contestó rápido y seco
- A ver… Aguarde un segundo. Lauraaaaaaa! - La empleada llamaba a una chica, aparentemente, de nombre Laura. El aullido cruzó todo el hall de la editorial y exactamente en la otra punta, en el último escritorio del salón, una hermosa chica de unos veinte años se levantó a mirar. (Evidentemente era Laura)
- Vos tomás las inscripciones para la página de citas de la revista “Amor mío” ¿no? -
Pareció como si todas las cabezas del lugar girasen hacia donde él estaba.
No pareció, giraron; ya sea por el grito poco ético y fuera de lugar o por el motivo del mismo. Pero giraron.
- Vaya con la señorita que le toma los datos para editar su perfil y luego abona en la caja. -
La chica parecía tener la voz con amplificadores incorporados.
Quien no escuchó la conversación fue porque no quería; o porque aún no había recibido la orden para sus audífonos. Se sintió tan chiquito que le pareció cruzar entre las rodillas de todos los que estaban en el hall, obviamente por razones muy diferentes a la suya. Llegó al escritorio de Laura y un poco más tranquilo se sentó para la fase final del cometido. Al menos ahora le daba la espalda a todo el mundo. Llenó todos los papeles, pagó la inscripción y se retiró como si nada, suponiendo que las cincuenta personas del hall ya se hubieran renovado. Antes de salir, le dejó un “adiós y gracias”, con un levce movimiento de cabeza y una sonrisa exagerada, a la chica de informes.
Ya tenía la casilla de correos de Jazmín
* * *
De regreso a su casa se detuvo en una librería, una de esas librerías antiguas donde uno encuentra todos los útiles que se le pueda ocurrir, desde plumines hasta microfibras, lápices, lapiceras y boligrafos de cualquier precio y estilo. Pidió un cuaderno espiralado de tapas duras y un lápiz.
- Un lápiz cualquiera? - Preguntó el librero por arriba de sus anteojos y mostrando la prominente calva brillante. - Si le gusta escribir en lápiz lleve éste! Me va a decir que es un lápiz común, y en apariencia, es verdad, pero yo le puedo asegurar que no. Si usted escribe en lápiz sabe lo que es. Sentir el deslizamiento, los cambios de trazo, dejar grabadas las marcas de quiebre de puntas, el amoldamiento del lápiz para seguir su recorrido. Y después, con el tiempo, ese borroneo inevitable. Como el tiempo mismo lo hace con nosotros, rodeando las letras escritas con esos grises en degradé, ese contagio a las hojas contiguas, a los propios dedos que lo manipulan. Escribir en lápiz, amigo, es un placer especial y solo para algunos. Llévelo. Se lo regalo. -
El librero tenía razón. Le había caído tan simpático que el lápiz ya era especial. Cuando llegó a su casa improvisó una especie de escritorio al lado de la ventana del comedor, sobre una mesa ratona de madera antigua. Desparramó unos mullidos almohadones alrededor y comenzó a escribir los primeros proyectos de misiva.
¿Qué se dice en esos casos, como presentarse, con qué motivo? Y por carta!. ¿Qué pensaría el destinatario? ¿le caería bien? ¿Contestaría?. Así fue transcurriendo la tarde, la noche… y casi al amanecer ya había confeccionado una interesante colección de presentaciones desechadas. Prefirió no tirarlas, sino ir apilándolas a un lado guardando los borradores. La última carta fue las más simple y precisa, reconoció que le gustó el perfil que había visto y contó tímidamente alguna que otra cosa sobre sí mismo.
Durante los primero días se cuestionó el hecho, se preguntaba si era lo correcto, si Jazmín era realmente como decía o si simplemente había imaginado un perfil. Cuando él se inscribió nadie cercioró sus datos, ni le tomó las medidas, ni lo pesaron. Ni siquiera se detuvieron a mirar sus ojos para confirmar que fueran azules. Tarde. La carta ya había sido enviada. Igualmente estaba convencido que nadie respondería su curiosa misiva. Casi inesperadamente, al cabo de unos días, la respuesta llegó. Jazmín había leído la carta y consultado su perfil en la base de datos de “Amor mío”. Parecía haber quedado interesada, e iniciaron así una serie de idas y vueltas epistolares que durarían semanas. Cada carta que él recibía el interés por Jazmín se incrementaba, en ocasiones parecía notar que el mismo no fuera recíproco y las dudas se instalaban en sus pensamientos para martirizarlo en las noches; pero había tantas coincidencias, tantas semejanzas, que los deseos de conocerla ya se tornaban en fantasías; en idílicos delirios de una improbabilidad alarmante. Era consciente de todo lo que sucedía aunque escapaba de su escaso control. De repente se sentía, con absoluta razón, un completo estúpido, las cosas que escribía eran estúpidas, las situación, todo era una completa estupidez: incluso el hecho de pensar que podía enamorarse por correo, a distancia. ¿Quién era Jazmín? ¿Cómo era en realidad esa ilusión de tintas y papeles?
En las siguientes comunicaciones comenzó a intentar la concreción de la tan ansiada cita. Las respuestas nunca eran evasivas, pero gozaban de una ambigüedad tal que la desesperación comenzaba a embargarlo. Un poco porque quería terminar con sus sospechas y otro poco porque deseaba, con una frenética ansiedad, que esa mujer existiera.
Con la misma decisión que comenzó toda la historia, decidió darle un final. Volvió a la editorial a ver a Laura, que ya no trabajaba en el lugar y había sido reemplazada por Estela, una mujer mayor de cuerpo robusto y buenos modales. Le solicitó, le pidió, le suplicó y le exigió la dirección de Jazmín. La negativa era rotunda a cada uno de sus pedidos. Insistió casi hasta el hartazgo, incluso, por momentos, con tono amenazante, lo cual tornaba la negativa cada vez más justificable. Ni el Gerente de la editorial quiso colaborar con su causa o ayudarlo de algún modo. Él mismo fue quien lo acompañó hasta la salida mientras la gente de seguridad lo retorcía suspendido en el aire.
Esa noche escribió una última carta. La idea era no volver a escribirle a Jazmín si esta no contestaba claramente quien era y se hacía conocer. Y así lo hizo. La carta no fue precisamente un reproche ni una queja, ni siquiera una exigencia; esa noche escribió la más extensamente estúpida declaración de amor, una carta de amor tan dulce, tan rebosante de sentimentalismos que ni siquiera pudo pasarla a tinta, debido a las reiteradas arcadas que le producía el solo hecho de leerla entre tanto caramelo y densos jarabes. Fue por eso que la última carta se envió en lápiz.
Una vez que despachó el sobre en el buzón, se sintió liviano, superado, calmo. Todo había llegado a su fin, esperaría recibir a Jazmín o no volvería a escuchar de ella.
Al día siguiente, particularmente perfumada y sin sello ni rastro alguno de paso por el correo, recibió por debajo de su puerta la última carta de Jazmín. Dentro del sobre había una hoja escrita en lápiz y un lápiz, exactamente igual al suyo; el mismo, ya que ha decir verdad por mas que buscó y buscó nunca volvió a encontrar el lápiz que recordaba haber dejado sobre su escritorio. La última carta fue encontrada junto a todos sus textos, también escritos en lápiz por supuesto, y decía:
“Querías saber quien soy. Pues bien, ya lo sabés. Soy Jazmín. Arbusto trepador que oculta cualquier obstáculo que se le interponga. Soy inimaginable, soy trescientas mujeres en una mujer, soy todas tus mujeres; las que tuviste y las que tendrás, las que no tuviste y las que cultivaste en los jardines de tu imaginación. Tengo las flores más blancas que jamás habrás de conseguir en ninguna otra, porque yo soy todas y llevo el aroma intenso y dulce de la memoria.
Querías saber quien soy. Ya lo sabés. Soy la única mujer, que nunca vas a poder tener.”
Hernández Bustos fue internado en el instituto neuropsiquiátrico “Hristo Casanova” en 1999. Sufría una especie de paranoia, proveniente del viejo mundo, denominada “lhuttoppium”. Se dice que cuando encontraron sus textos muchos quisieron editarlos, gozaban de una excelencia infinita y de una poesía indescriptible. Pero ni siquiera se llegaron a pasar a tinta, cada persona que leyó los manuscritos conocía por casualidad alguna mujer que generalmente llevaba nombre de flor, única palabra que insistentemente repetían cuando se les declaraba la enfermedad.
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Aquella noche de jueves de 2004, cuando el verano comenzaba a despedirse, no era demasiado conciente de que aquél momento, con el transcurso del tiempo, quedaría únicamente grabado en la memoria, sin prueba fehaciente para registrar los detalles desde otra óptica, mas objetiva que el recuerdo y la imaginación.
La obra estaba por comenzar. Todos habían ensayado e incluso subido al escenario a presentar sus personajes. Yo, por el contrario, apenas había diagramado unos pasajes de la vida para dar a conocer. La función había sido puesta exclusivamente con la finalidad de recaudar fondos para un hogar de niños. La sala grande del teatro era, esa noche, por primera vez para nosotros. Detrás del escenario los tragos para la ansiedad y todos los preparativos tenían un sabor especial. Entre el vestuario que rodeaba el camarín descubrí, como por arte de magia, un chaleco gris. Me quedaba perfecto, a mí y al personaje; y me miraba al espejo una y otra vez mientras Catita nos hacía reír, el Marqués acomodaba sus cueros y el Polaco cantaba unos tangos en un espejo alejado. Carlitos ultimaba los detalles, y Pepe me daba ánimo mientras acomodaba su nariz en el mismo espejo que yo probaba la curvatura de mi espalda para cuando sea anciano.
- 10 minutos -
La sala se iba a abrir en cualquier momento. Las últimas cábalas, el ritual abrazo en círculo, el grito de mierda y todos arriba.
El escenario casi a oscuras, y una tenue luz de sala se desvanecía en nuestras espaldas, mientras nos posicionábamos mirando la pared en la parte más profunda, donde el teatro terminaba. (en apariencia)
El momento irreversible se había desatado. Los últimos movimientos, la posición erguida, la vista fija en la pared y la respiración controlada; el tiempo había comenzado a correr. La sala finalmente se abrió y dejó que el murmullo creciera de a poco, un murmullo extenso y cada vez más fuerte, un murmullo interminable al que los oídos se van acostumbrando al punto de distinguir las voces, los comentarios, e imaginar los movimientos como si tuviésemos ojos en la nuca. El tiempo transcurría, y nosotros, de espaldas, soportábamos la misma incertidumbre que ellos. Cuando todos estuvieron ubicados la puerta se cerró, la luz de la sala fue extinguiéndose junto al murmullo y dos blancos cenitales nos daban vida cuando comenzábamos a girar sobre nosotros mismos. Pepe y yo pasamos al frente. Él argumentó cierta ignorancia y destacó su feliz capacidad de hacer reír. Yo me apoyé con ambas manos en mi bastón imaginario y dirigí mi vista ciega hacia algún lugar del infinito.
- “yo creo, que la belleza es común. Cualquier persona puede decir una frase magnífica, extraordinaria. Sobre todo, si no posee verdadera conciencia sobre lo que está diciendo”.-
Todo se desencadenó de inmediato. Un viento que casi llegaba a silbarse nos mezclaba a todos, caminamos azarosamente, y me detuve a recordar:
- “Yo creí, durante años, haberme criado en un suburbio de Buenos Aires, un suburbio de calles aventuradas y ocasos visibles. Lo cierto es que me crié en un jardín, detrás de una verja con lanzas, y en una biblioteca de ilimitados libros ingleses. Palermo del cuchillo y la guitarra andaba (me aseguran) por las esquinas. Pero quienes poblaron mis mañanas y dieron agradable horror a mis noches fueron, el bucanero ciego de Stevenson, el traidor que abandonó a su amigo en la luna y el viajero del tiempo, que trajo del porvenir una flor marchita.” -
Así comenzaba todo, los músculos se desentumecían de a poco, la mandíbula se soltaba y todos, uno a uno, contábamos nuestra historia. Todos nos conocían, pero muy pocos sabían quienes éramos realmente. Pasó Catita, pasó Carlitos, pase yo, pasó el Polaco, el Marqués, Pepe. Pasamos varias veces a decir, tal vez, lo que muchos no sabían de nosotros, incluso, nosotros mismos en algunos casos. Se cruzaron la niñez, la adolescencia, la adultez, la ancianidad, y cada momento destacado era una confesión, un secreto a voces.
Durante hora y media fui yo mismo y tantos otros, explicándome la vida que hay detrás de esta bolsa de huesos y otras similares. Era verdad. El hombre tiene, no la necesidad, sino la obligación de ser feliz; aunque sea por orgullo. Y cuando al final de todo había que brindar, y festejar por algo, se me hacía extremadamente difícil encontrar un motivo real por el que lo hubiera hecho Jorge Luis, o yo mismo. Brindó Niní, brindó Chaplín, el Marqués de Sade. Brindó Biondi y Goyeneche. Cuando levanté la copa, solo pude brindar y ser feliz por un único motivo, regresé a sus frases, y yo, Jorge Luis Borges, brindé por la suerte del escritor. La curiosa suerte del escritor, que al principio es barroco, vanidosamente barroco, y al cabo de los años puede lograr, si son favorables los astros, no la sencillez, que no es nada, sino la modesta y secreta simplicidad.
Cuando las luces se apagaron del todo… el éxtasis. El aplauso llegó de inmediato y junto a él un temblor, un orgasmo, una bola de fuego engendrada en la nuca que se expandía por todo el cuerpo, la piel de gallina desplumada y unas lágrimas ilógicas que se contenían sobre la sonrisa de satisfacción. Había logrado algo, por primera vez me había sentido conforme, orgulloso. Por encima del éxito común había conseguido mi logro más perfecto, mi mejor expresión, mi única victoria.
Detrás de escena la distensión se expandió en abrazos y sonrisas, en gritos y felicitaciones. Todos estábamos conformes, felices; y nos vestimos de nosotros mismos con extrema rapidez. Yo tan solo me quité el chaleco, y lo devolví a su vestuario mágico que me lo había concedido (no hubiera sido lo mismo de otro modo), y mientras uno a uno iban saliendo a recibir a sus espectadores me quedé ahí, frente al espejo, quitando el escaso maquillaje de mi rostro y evitando enfrentar el mar de gente que invadía la salida.
No había prisa alguna. Nadie iba estar esperándome afuera, no tenía obligación. Esa costumbre de ocultarme hacía que esa noche nadie hubiera sido invitado, como todas las demás. Esa noche, en la que uno quiere gritar que es uno mismo, que es eso que saltaba a la vista, esa inexplicable acción de ser y estar, esa fotografía que sobrepasa la imagen. Quería quedarme ahí, orgulloso y solitario frente al espejo, inquieto, sonriente, masticando las palabras que me fueron convenciendo de que no solo el personaje estuvo ahí arriba esa noche; Pero la sala cerraba y había que salir. Quedaban todavía algunos grupos de personas hablando de nosotros. Intenté cruzar el hall con mi bolso cargado de satisfacciones al hombro, pero lo vieron a Borges. (Todos me llamaron por Borges. No era extraño)
- Estuviste bárbaro! Soberbio! Me encantó! Las posturas, la voz… -
- Vos sabés? Nunca soporté a Borges. Pero la verdad que no sabía mucho de su vida y me cambiaste la imagen por completo! -
Hubiera sido muy estúpido de mi parte explicarle que yo tampoco sabía demasiado sobre su vida, y menos aún, que mi concepto sobre él tampoco era precisamente formidable. Pero cortésmente agradecí en su nombre todos los halagos. Finalmente, él los merecía.
Cuando nadie me retuvo, escapé al restaurante de la esquina donde nos reuníamos todos. Cenamos, nos deleitamos con las sensaciones, con la exteriorización de las reacciones de los espectadores, con los deslices encubiertos. Fue o pareció apenas un instante, unos 90 minutos donde algunos de nosotros creímos ser nosotros mismos, y tal vez, así fue. Escena terminada.
En casa todavía los artículos de Borges empapelaban el suelo y el audio de los reportajes titilaban en el ordenador. Antes de poder descansar y con el placer todavía, quizá, de haber estado vivo, Borges volvió a confesar:
“El tiempo es la enigma esencial, si supiéramos que es el tiempo sabríamos todo. Pero en el tiempo hay un misterio de algo que perdura y de algo que desaparece. Yo estoy hablando y estoy perdiéndome, pero al mismo tiempo hay un yo que permanece que no podría definir, pero siento que está ahí. Vivimos sucesivamente, pero sin embargo, no dejamos de ser quienes hemos sido en alguna época. Por distintos que seamos o parezcamos.
El tiempo es ese misterio, el hecho de que en el tiempo se da la permanencia y la fugacidad, lo que se queda y lo que se va”
Años después, ni yo mismo sé quien recuerda y describe estos momentos en la simplicidad de un texto, si alguno de los Jorges Luis Borges, o alguno de los Hernán Jorge Pérez.
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Cuando el incipiente expediente llegó a mis manos de ninguna manera se me hubiera ocurrido semejante trama y tal desenlace. Ya había comenzado el mundial, y como todo ex-jugador que no llegó tenía decidido ver todos los partidos que hubiera. Por eso, que me asignaran un expediente de esas características a esa altura era verdaderamente un fastidio insoportable; un adolescente de padre desconocido, desaparecido como por arte de magia, una prostituta asesinada, un muerto de sobredosis que estrenaba cartel de desocupado y un basurero que algo que ver con todo el embrollo tenía que tener.
El día que cité a Marcelo Dudasuolo, el barrendero, supuse que ningún dato de trascendencia iba a surgir de su declaración. En absoluto tenía perfil de recolector de basura o barrendero; hombre aseado de unos 33 años, correcto, de buenos modales, con un hablar interesante, aparentemente culto y con una particular ansiedad que en un primer momento supe atribuir a la incomodidad de la citación.
Marcelo era basurero, oficio que no le molestaba demasiado, esto le daba el dinero necesario para comer y mantener su humilde editorial independiente, con la cual se daba el gusto de diseñar modestos pero interesantes diarios con textos de eximios escritores consagrados, algunos no tanto y una serie de autoplagios de su producción literaria con nombres generalmente extravagantes. Marcelo era específicamente recolector, pero alguna mano mágica modificó su destino laboral para devenirlo en barrendero. La mano mágica era Jorge, su jefe; él había sido quien lo condenara a su juego de pala y cepillo, y a ese móvil circular a tracción humana que paseaba por las calles de Palermo viejo. Después de rondar durante años las mismas aceras de siempre había comenzado a construir una interesante amistad con Demián, un adolescente que hasta entonces lo había configurado en objeto de cada una de sus burlas. Éste era uno de los primeros datos de relevancia. Demián era el adolescente desaparecido que estábamos intentando localizar, aparentemente su madre también había desaparecido, pero no había señales ni indicios de mudanza alguna. Estos detalles hacían que la madre también generara ciertas incógnitas, aunque su reputación aparentaba ser impecable, madre soltera que abandonó la escuela y la casa de sus padres para tener a su hijo sola, con el tiempo se recibió de bachiller en la nocturna cursando el año que le restaba y mantuvo paralelamente diversos trabajos hasta terminar su curso de enfermería, oficio que mantendría a la pequeña familia sin sobresaltos hasta hace un tiempo.
Marcelo describió a Demián como un muchacho introvertido, muy inteligente y aseguró que sus conversaciones se fueron haciendo mas amenas luego de descubrir la pasión compartida que ambos poseían por la literatura. Así comenzaron a verse seguido, a prestarse publicaciones, libros, y discutir en ocasiones sobre las diferentes visiones que cada uno mantenía.
El relato era muy emotivo, pero hasta acá los datos eran casi intrascendentes en cuanto al caso, solo justificaba su relación con Demián y no había puntos oscuros que exigieran una indagación más profunda sobre el tema. Era evidente que había cosas que Marcelo no sabía, y tal vez, por el momento, fuese mejor que todo siguiera así.
Había que llevar la conversación a las últimas semanas, algo debía haber sucedido en ese tiempo, algo debía haber visto o sospechado mientras a mí se me presentaban de golpe dos bolsas de problemas que apenas las unía un expediente que no encontraba forma fehaciente de conectarlas.
Algunas tardes atrás, Marcelo se había encontrado a tomar algo con Demián, para intercambiar algunos libros y charlar sobre su contenido, se reían de algunos textos de “Aguafuertes porteñas” cuando sin decir una palabra, con una rígida sonrisa poco natural y levantando la palma de su mano, pasó por al lado de ellos Domingo Martínez Martín saludando a Demián. Marcelo lo reconoció inmediatamente y se levantó a saludarlo. Tuvo que correrlo unos pasos para alcanzarlo y ahí Domingo lo recordó. Habían sido compañeros de colegio durante el secundario. Domingo se mostró apresurado y le extendió su tarjeta a Marcelo para que lo llamase, le conseguiría un trabajo en su empresa. Marcelo no había pedido nada, pero no le venía nada mal la propuesta, y era una buena excusa para reencontrarse.
Era importante ver las reacciones de Marcelo ante estos comentarios, en ningún momento titubeó, habló tranquilo y se refería a Domingo como si hubiera recuperado definitivamente un amigo. Todo esto me desconcertaba un poco. No parecía estar mintiendo pero debía saber algo que no decía, o, en todo caso, era dueño de una frialdad tan extrema como para que nada le afectase siquiera en su forma de expresarse.
Pasado el acontecimiento de Domingo, ambos, Marcelo y Demián, se preguntaron el origen de sus relaciones con él. En apariencia Domingo era conocido de la madre de Demián y compañero de secundario de Marcelo. Nada más. Nada más que Marcelo supiese por ese entonces, salvo que los comentarios de Demián sobre su viejo amigo Domingo no fueron muy positivos. Eso incomodaba un poco a Marcelo, pero era en vano aclararle entonces que ya no debería ser un motivo de preocupación para él.
Días mas tarde Marcelo se comunicó con la oficina de Domingo, se encontraron ahí y conversaron toda la tarde. Marcelo todavía se mostraba sorprendido por el supuesto éxito construido por su amigo, dio detalles de su oficina, las ropas, la distribución del lugar y demás. Pero en medio de la conversación que Marcelo reproducía, un detalle diagramó todo un circuito en mi cabeza; un nombre. Domingo había preguntado a Marcelo si recordaba a Laura Taussetti, le había recordado a “la tana” sabiendo que siempre había estado intentando conquistarla de mil maneras. Dejé que Marcelo divagara un poco, se puso a reflexionar sobre Demián y sus conversaciones, se recordó similar a él cuando vio por última vez a Domingo y a Laura, y pensaba lo bien que le había ido a su amigo, que habría hecho Laura de su vida, que había hecho él con la suya... También es importante comprender un poco la situación psicológica de quien está aportando los datos, pero Laura apenas había aparecido y todos sabíamos que había algo más. Cuando Marcelo volvió al hilo de su declaración reconoció haber estado enamorado de ella, si es que eso podía suceder a los 16 años. Domingo contó que la conocía y le propuso encontrarse para salir con él esa misma noche e ir a verla, él sabía donde encontrarla. – Cuando te vea se muere. Y te vas a poder quitar esas ganas que le tuviste siempre – le dijo mientras se ponía el saco para ir a ver al Presidente de la empresa que lo esperaba, según le informó su secretaria por el aparatito del escritorio.
Marcelo quedó dubitativo durante unos segundos, a esa altura yo ya estaba casi convencido que era un buen tipo o un pelotudo de importante envergadura. Había algo que Marcelo masticaba y masticaba, Domingo también estaba detrás de Laura en aquélla época y no alcanzaba a descubrir que historia podrían haber tenido ellos desde entonces, así que prefirió ocultarle a su amigo que entre Laura y él había comenzado una historia, que quedó suspendida en el tiempo cuando ella abandonó el colegio a meses de terminar. Desde entonces nunca más había escuchado de ella. Marcelo estaba angustiándose un poco, preferí hacer un corte para café de unos quince minutos para que después me contara, ya mas tranquilo, lo que había sucedido esa noche.
Cuando volví a sentarme delante suyo Marcelo empezó a contar automáticamente y de forma muy medida todo lo sucedido. Cuando se encontró con Domingo lo notó un poco extraño, ya no tenía el perfil de ese hombre que se llevaba el mundo por delante como hace unas horas, estaba nervioso, angustiado..., al parecer un mal día en el trabajo lo había cambiado por completo en el lapso de unas horas. Marcelo prefirió viajar callado durante el trayecto en el lujoso Audi de Domingo.
No sé si fue un arrebato de mi inconsciente, si la historia estaba comenzando a ponerme nervioso, o ya no creía que este tipo no supiera nada; pero no pude evitar preguntarle si no estaba al tanto de que Domingo había sido despedido esa tarde de la empresa. Bien, evidentemente este barrendero no sabía nada de nada, pero todo daba vueltas a su alrededor como por arte de magia. Se quedó sorprendido, creía que ese pobre cachivache era uno de los dueños de la empresa. Me pareció que con la noticia podría coartar un poco su declaración, pero no pude evitar seguir inquiriendo y buscando aclarar un poco el panorama, así que le pregunté si tampoco sabía de la muerte de su amigo sucedida esa misma noche, que había sido encontrado en su auto en una esquina de Palermo, que las pericias médicas habían encontrado una importante cantidad de alcohol y droga en sangre... Si él sabía algo me iba a dar cuenta por su reacción, al menos que el tipo se me cayera redondo. Bueno, la segunda opción fue la mas cercana. El basurerito se me desmayó y hubo que reanimarlo.
Volvimos a hacer un corte; esta vez de una hora, y terapeuta de por medio. Yo me hice una escapada hasta el televisor que habían comprado los muchachos. Emiratos Arabes le ganaba a Pakistán 3 a 0.
Ya repuesto después de las novedades, Marcelo confesó que Domingo había estado consumiendo porquería desde que se encontraron esa noche, que ahora entendía el estado de ánimo de su amigo y bla bla bla. La verdad que yo hubiera suspendido la declaración para otro día, para que volviera más tranquilo. Aunque estuve bien en continuar, ahora entiendo que no hubiera vuelto nunca. El tipo tenía que darme alguna pista más, sin darse cuenta él solo me iba aclarando todo; y lo que contara sobre esa noche era fundamental para la causa, ya que no podíamos contar con el finado Domingo.
Como lo esperaba, llegamos al momento de entrar al Cabarute. Entre la droga, el alcohol y las conversaciones de trabajo y poder que Domingo desplegaba sobre la mesa, Marcelo ya se había hecho la idea que calmaría un poco a su amigo, no tocaría el tema de la promesa de trabajo, no parecía oportuno, y que finalmente dejarían la salida con Laura para otro día, se estaba haciendo tarde y el ánimo no era el apropiado. Pero este hombre estaba recibiendo en sobredosis todas las sorpresas que no había recibido en su monótona vida. Cuando no daba para más, Domingo se levantó para retirarse, pero antes le quiso presentar a alguien. Subieron las escaleras del local, lo llevó hasta una habitación, entraron sin golpear, y le dijo: - Marcelo... te presento a Priscila -
Ya me la veía venir. Priscila, Laura, “la tana”, todas estaban ahí. Semidesnuda, con un cigarro pendiendo de sus labios y el pelo delicadamente revuelto, se reponía de su último turno. Un cuadro dantesco, pero aparentemente muy romántico para el basurerito, que de golpe y porrazo se reconocía enamorado de una prostituta.
Del otro lado de la puerta se escuchó un grito de gol. Por el horario debía ser de Turquía o de Madagascar.
Era preferible posponer la declaración para el día siguiente. Marcelo estaba extenuado y la terapeuta me aconsejaba que no le de más golpes emocionales al pobre muchacho. Por lo tanto, solo le hicimos resumir un poco lo conversado con Laura, para ver que sabía y cerrar un poco la ecuación. Ella estaba un poco avergonzada ante la situación y ofendida con Domingo, él, para no perder la costumbre que tenía en los últimos tiempos, estaba un poco sorprendido por la situación. Habían quedado en reunirse ese sábado en el café de la esquina del hospital de Clínicas, donde ella trabajaba por las mañanas. Le manifestó que tenía muchas cosas que contarle, pero que no era lugar ni momento. Moría de ganas por decirle todo yo, o al menos anticiparle que ese encuentro no iba a concretarse nunca. Pero lo hubiera partido al medio y la profesional ya me había avisado....
La verdad es que no tendríamos que haberlo dejado ir, estuvimos poco precavidos, pero no había motivos fehacientes para retenerlo. Antes que se retire tuve la necesidad de aclararme una duda fundamental, quería corroborar un último dato y le mostré la foto de egresados del normal Nº 8 de Palermo. La reconoció, y le mostré una vieja edición de “Las flores del mal”. Le expliqué que la foto se encontraba dentro del libro y que este lo tenía Demián en su poder. En efecto el libro era el suyo, se lo había prestado a Demián hace unos días, pero la foto... no sabía, no podía asegurar que fuera suya, hacía años que no la veía. Hubiera sido probable, ese libro no lo había vuelto a abrir desde... se puso a recordar, se lo había regalado... como si se le hubiera acomodado un poco lo que ese muchacho llevaba en la cabeza, había algo que el barrenderito no entendía. ¿qué tenía que ver el libro y Demián...?
Se lo tuvo que llevar la terapeuta previa promesa de sumario en mi contra. Otro más. Igualmente creo que el caso ya había quedado bien claro después de escuchar a Marcelo, y si bien no me voy a perdonar nunca no haberle dicho nada del asesinato de Laura y de los datos que teníamos de ella, me consuela que no le hubiera servido de mucho, o al menos, tengo que creer que segundos después tuvo un flash de lucidez y se le aclaro todo el panorama cuando salió del establecimiento. Los guardias de la puerta no alcanzaron a hacer nada, ahí lo esperaba Demián. Uno de los dos nunca se había enterado de nada. |
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Hace apenas unos días apareció aquél muchacho que deambulaba entre los bares buscando su identidad. Regalaba flores a las mujeres bellas, bellas para él, claro está, anotaba palabras en su minúscula libreta, tal vez recopilando algunos datos de interés, y cada noche caminaba todo el centro que podía en busca de algo que llamara su atención de una manera extraordinaria. Así fue que se internó en mundos subterráneos, en escenarios pequeños, medianos y aceptablemente grandes, cabalgó lunas nuevas, llenas, y hasta ocultó eclipses a la vista de todos; así fue que se internó, por propia voluntad, en una de esas clínicas donde se internan los que piensan demasiado, los que escuchan mucho más de lo que pueden reproducir, los que miran la luna durante horas... en pocas palabras, los que son menos iguales. La verdad es que tampoco lo aceptaron allí por mucho tiempo, reclamó hipodérmicas para no soñar, exigió libros que educaran sobre metamorfosis y contracoloración para no desentonar con los colores de su alrededor, y cada noche, para no dormir, escribía cartas a la luna, con quién se comunicaba mejor que con los psicópatas de la clínica.
Huyó, antes que lo echen, pidió permiso para ir al baño, y desapareció. Durante meses creyeron, dado sus comportamientos, que habitaba todavía el cuarto de baño, mimetizado tal vez con la cortina de la ducha, o quizá con alguna de las bombitas de luz que iluminaban el ambiente (cada cambio de bombita se organizaba un modesto funeral, por si acaso).
Fue un tiempo después, que entre los pacientes de la clínica lo reconocieron una tarde en una página del periódico, no estaba su foto, pero estaban todos seguros que se hablaba de él. Al principio se hablaba de un extraño e imprevisto eclipse no pronosticado y poco probable, hasta que los mismos científicos tuvieron que aceptar su atónita extrañeza; un hombre de estatura normal, y cuerpo sin particulares distinciones había, vaya uno a saber con que intenciones, secuestrado a la luna durante algunas noches.
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Prepararon municiones y cargaron, minuciosamente, su equipo completo como en los viejos tiempos. . Dejaron el camión en el camino y en la comodidad de la noche oscura, se desplegaron. . En forma de abanico se abrió en el bosque una fila imperturbable. . Una rodilla al suelo cada par el cielo limpio, la claridad, y como en los viejos tiempos, . el primer trueno alborotó los ecos despertó aleteos, inició corridas y un zumbido se alejaba en los oídos. Como en los viejos tiempos. . Estratégicamente, rodeaban a sus víctimas y el cielo y la claridad y los truenos cada tanto. Cada tanto el alboroto. Cada tanto las corridas, los zumbidos; y una nueva calma tensa. . Cada tanto romper fila, recoger las presas, y volver a desplegarse como en los viejos tiempos. . La noche fue desperdigándose en interrumpidos silencios. . Cuando el cielo comenzaba a enrojecer a un costado del camino, las perdices se alinearon en fila. Extensa. Como en los viejos tiempos. Una roca calló el último quejido de un inventario de 77. . Limpiaron y guardaron sus equipos contemplando sus victorias. Brindaron en torno a los cuerpos y antes de recoger las piezas y emprender la retirada nostálgicamente con su fusil al hombro y una extenuada y espléndida sonrisa... . - Imaginen si fuesen hombres! - (como en los viejos tiempos)
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Hermes sale de la oficina cuando los relojes de las cúpulas de la ciudad deslizan sus agujas alrededor de las 1720. Se dirige a la parada de ómnibus a esperar el 17 o el 22. La fila es larga, van pasando unidades y unidades, y él va avanzando en la columna hasta quedar en primer lugar. Juega una rato con las monedas entre sus dedos, las hace caminar entre ellos y las ordena por valor formando un cono. Las unidades siguen pasando ante sus ojos repletas de pasajeros pasadas las 18, Hermes las deja pasar. En algún momento elige.
Su rostro es rígido, su cuerpo se mueve con importante presencia de manera tal que el traje, sienta la comodidad de un maniquí habitando su interior. Saca boleto mínimo (aunque vence 6 paradas antes) paga con las monedas más pequeñas y al dejar la máquina expendedora a sus espaldas, lanza una ráfaga de miradas, cataloga todos los especimenes que tomaron ubicación, y elige uno.
El viaje es una aventura. Una película muda, repleta de detallados movimientos y una voz en off que desmenuza todo. Las ventanillas también hacen su aporte a modo de monitor del exterior, las pobres viejas intentando cruzar las esquinas, los pungas buscando el plato del día, los chicos saliendo de los colegios, los pasacalles de “Feliz cumpleaños”, “Dalila te amo”, “Bienvenido Carlos”, las parejitas en la plaza rompiéndose las bocas, chicos fumando, calles anchas, angostas edificios, chalets, casas, baldíos...
Al llegar a su departamento, después de treinta minutos de viaje, abre la puerta de su casa y encuentra el papel recordatorio pegado en el espejo que lo recibe al entrar. “salida con Maia / Lic. en turismo / recoleta / buena mina / dos hijos / segunda salida”. Cuelga su traje, se baña y esconde todo lo que anda dando vuelta fuera de lugar en el placard del comedor. Se viste de rugbier en día de descanso, toma las llaves, los documentos del auto, y mientras se termina de acomodar frente al espejo de la entrada, echa un rocío de perfume importado, elegido para la ocasión, a cada lado de su cuello, otro en las muñecas que se frotan entre sí, se mira fijo a los ojos, guiña el derecho, sonríe, despega el papel del espejo haciéndolo un bollo y sale silbando.
A las dos de la mañana vuelve a ingresar en su departamento. Esta vez acompañado. Mientras pone música y prepara algo de café, Maia estudia todo lo que ve, desde las impresiones A4 color de Miró y Dalí que hay pegadas en las paredes, pasando por las pipas, el telescopio, y la colección de billetes y monedas internacionales que descansa sobre la desordenada biblioteca. Cuando Hermes aparece, es arrancado con destino al dormitorio bajo un tsunami de besos y caricias poco suaves.
En la oscuridad de la noche, brillan sus ojos abiertos, dirigidos al cielo-rraso. A las 800 suena el despertador, Hermes se levanta al instante. El sol todavía no salía, y el resago de su perfume, mezclado con el ajeno en pleno ayuno, lo embriaga un poco provocándole náuseas. Mientras improvisa su desayuno suena el teléfono. Es el despertador de las 815, corta. Maia estaba usando su ducha. Prepara uno de sus trajes negros, la camisa lila, la corbata al tono, y selecciona los gemelos con su respectiva traba de corbata haciendo juego. Eran las 830, por eso se enciende el televisor en el canal de las noticias, observa el pronóstico y desenfunda el sobretodo. La ducha estaba libre.
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El fin de semana comienza a acercarse y Hermes se une a su modesta fraternidad de literatos en algún recóndito paraje de la ciudad. De allí se retira, (como cada semana) con otro rostro; el mismo en realidad, pero distinto.
Llega a su casa antes de la media noche y se dedica a diseñar un modesto diario de bolsillo que imprime en tiradas de 100 unidades.
El viernes por la noche recorre varias veces la calle Corrientes, entre la Avda. Pueyrredón y la 9 de Julio, bajo las luces blancas que iluminan el pavimento, esquivando papeles, gente, volantes, linyeras, famosos, cartoneros. Disfrutando del paisaje decorado con carteles de teatro, restaurantes, cabarets, shows, tugurios, tangerías, descubriendo una fauna ilimitada y fantástica, una inagotable fuente de imaginación, un paraíso de cemento, un laberinto que deslumbra todos los sentidos; las interminables imágenes, los colores, las luces y las sombras; los roces, los saludos, los climas; los ruidos, las voces, los gritos, las sirenas; los olores, los perfumes, los bao; los licores, las lenguas, los manjares, los cuerpos... Camina una y otra vez, y se detiene en la puerta de cada bar con sus ojos brillando. Estudia detenidamente las paredes, los rostros de los clientes, los empleados, la música de fondo; respira profundamente con sus párpados bajos el aire del lugar, y sigue caminando. En algunos se detiene apenas un instante, tal vez alguien saluda, y al responder se retira cortésmente (esos son los conocidos). En algún momento de la noche se decide por ingresar a uno, deja una importante cantidad de impresiones en el revistero de la entrada, otro tanto en un extremo de la barra y se dirige a la última mesa del local, esa que está bien cerca de los baños y en la cual aún permiten fumadores, esa que está apenas escondida, donde nadie ve, pero desde donde puede observarse cada uno de los rincones del lugar. El local posee una guarda de espejos a la altura de la vista en todas las paredes. Eso lo reconforta enormemente.
Un buen porcentaje de gente, que fue asistiendo al local tras su ingreso, fue tomando algunos de sus periódicos, él mismo poseía uno abierto entre sus manos. Una mujer leía uno a su pareja, un muchacho que desestimó los textos lo ojeaba fugazmente mientras su princesa visitó el toilette, otra mujer leía junto a su pareja, una sra. de cabello grisáceo y manos doradamente pesadas se ponía lo anteojos de carey, para leer atentamente mientras le traían el café, un joven tomaba nota mientras hablaba por teléfono, alguno diseñó un hermoso planeador, otros un rústico bollo, y la noche iba dejando miradas, recambios, novaciones, mientras él intentaba seguir las lecturas de todos para observar, que gesto recibe cada coma, cada punto, cada diario en el piso.
Bien entrada la noche y con la alcoholemia a media asta, Hermes se retiró de su aventura sin director, pidió el cambio de toma, rescribió la pizarra y fue a resumir las conclusiones al café Dorrego de San Telmo. Ahí se escondió en un viejo cajón de harina o fideos, y se recostó sonriente a subir la media asta que había dejado pendiente.
***
La casa no alcanzaba a estar en orden por completo. El reloj del comedor había sido tapado por un pañuelo de seda gris a rombos bermellón. Se fue desvistiendo de a poco mientras masticaba el aire, se quitó la camisa en el comedor después de apoyar sus pertenencias en la mesa, los zapatos y pantalones fueron extirpados en el dormitorio. Todo lo demás, durmió en el baño antes que la ducha lo recibiera entre jabones y champúes de características diversas. La ropa quedó en el piso, y pasó por entre ella como si nada hubiese. Se vistió con una especie de bata marmolada y asomó su cabeza por la ventana. La luna volvía a estar sobre el oeste. Armó su telescopio, encuadró perfectamente, puso en foco y se sentó, durante horas, a espiar su imagen sin inmutarse siquiera.
Cuando Hermes se incorporó, fue para quitar toda la ropa usada de la cama, la armó con ropas limpias y depositó la retirada en una bolsa de nylon negra, que fue lanzada sin titubeos por el incinerador de su cocina.
Desconectó todo enchufe que la casa poseía, desenchufó teléfonos y recogió todas las pilas que hubiera en los artefactos. Fue encendiendo treinta velas que distribuyó por todo el ambiente, descorchó una botella de vino tinto junto a una copa en la mesa ratona del comedor, y se sentó en el suelo, en medio de la sala, con sus piernas cruzadas como si fuese a meditar. La pequeña mesa ratona poseía un cajón del cual extrajo una extravagante pluma y una pila de papeles blancos completamente lisos, sirvió un cuarto de copa y comenzó a escribir.
Entre las infinitas sombras proyectadas, no chinas ni mucho menos, y el delicado humo que algunas llamas le ofrecían al ambiente al consumir la cera, comenzaron a sonar las 12 campanadas de la catedral de la ciudad. Hermes levantó la copa, la miró fijamente, y comenzó a saborear lentamente su gusto. Del interior de la bata extrajo una vela sin uso, la encendió y la trasplantó al centro de la mesa. Volvió a llenar un nuevo cuarto de copa; y continuó escribiendo.
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Ni bien cerró el local el pecho denunció el primer reclamo. Acababa de cerrar la cortina de la sastrería. Sin candado. Dejó abierta la puerta de vidrio para que el aire corriera; y se llevara los perfumes de la pipa que iba a encender de un momento a otro. Se dirigió a la camuflada cocina que había en el fondo del local. Nunca tuvo buena memoria para las fechas, tampoco estaba seguro que día de febrero era ese martes, no obstante la fragilidad de su memoria temporal, las situaciones, eran un cúmulo de fotografías grabadas en su memoria.
La cocina no era grande, un metro de mármol con un anafe histórico y una heladerita bajo mesada al lado de la garrafa. Sacó una copa de la alacena sostenida en la única pared de la cocina y una botella de extra brut de la heladera. Fue hasta uno de los mostradores del local y comenzó con el lento ritual de quitar la etiqueta y descorchar. Encendió su pipa con tabaco importado y se depositó en el sillón de mimbre a fumar tranquilo, mientras observaba los bultos a su alrededor y el desorden que hacía tiempo no lo rodeaba. No fueron más de 25 minutos hasta que terminó su pipa y sirvió la última copa. Tres maniquíes de hombre descansaban en el suelo, las telas ya estaban embaladas, como así también las máquinas, los hilos y todos los utensilios del oficio. Sólo restaba vaciar un último armario, el que lindaba con la cocina haciendo las veces de pared, el de los cachivaches y cosas para tirar que duermen en el olvido. Abrió las toscas puertas de madera, y lo recibió el olor a años, con ese resabio a naftalinas que hace picar furiosamente la nariz.
- Upa Malena! Ya había olvidado que estabas acá!.
El último maniquí de mujer que le quedaba se le vino encima. Como si lo abrazara. Como si lo hubiera estado esperando en el placard durante años para darle esa sorpresa. Detrás, una pila de cajas que acusaban en promedio 20 años de intactas.
Después de tantos años de trabajo el día siguiente no abriría. Había tiempo suficiente para comenzar a hurgar. Eligió la primera de las cajas, no precisamente al azar. Tomó una caja ubicada en el rincón del fondo del armario, debajo de todo, sosteniendo todo lo demás que había archivado. Al abrirla, una bolsa de tela negra aterciopelada le daba la bienvenida.
- No lo puedo creer! Mis zapatos!.
Tomó delicadamente la bolsa. La fue tocando de a poco, como si fuese de cristal, como si se tratara de un cuerpo de mujer. La puso sobre las palmas de sus manos, y lentamente, muy lentamente, comenzó a desanudar la cuerda de la bolsa de zapatos.
Estaban espléndidos. El charol brillaba como si acabara de comprarlos. O más aún. Las suelas estaban claras todavía, apenas unos arañazos rectos y algunos rasguños en círculos. Más de los segundos que de los primeros. El taco levemente más alto y los cordones desatados caídos a sus flancos como si fuesen el cabello de una morocha deliciosa. Se quedó en cuclillas durante un largo rato.
Levantó la vista para mirar el maniquí de mujer que ahora se mezclaba entre los tres cuerpos masculinos
- Te acordás Malena? Te diseñaba vestidos en aquellos tiempos. Hasta casi aprendí a bailar con vos. Practiqué las manos en tu espalda, sobre tu cintura, y hasta te he palmeado mil veces ese culo rígido cuando todo me salía. Que locura!
Volvió a los zapatos. Los cargó bajo su brazo y se dirigió a la cocina nuevamente. Esta vez tomó a J.B. por el cuello con su índice y pulgar y un cañón con el mayor. Dejó todo en el mostrador del local, se clavó la flauta de champú de un solo tiro y apoyó los zapatos sólo para ir en búsqueda de hielo. Bien frío. Bien seco. Al volver cargó el cañonazo, dos piedras, lo mareó un poco con el dedo mayor y se sentó, mientras saboreaba su dedo de la mano derecha y arrimaba los zapatos con la izquierda.
Los había usado tan sólo una noche. Había bailado como nunca. Los apoyó en el piso uno al lado del otro, los miraba, y descubría su rostro deformado reflejado en los empeines. Acodado a sus rodillas tomó la decisión. Se calzó primero uno, arremangó su pantalón; luego el otro, y arremangó la otra pierna. Con los pantalones del traje sostenidos sobre las rodillas caminó un poco por el salón, tomó a Malena, y recordó los ocho pasos mas importantes de su rutina. Esa noche se fue del local.
Caminó por las calles de todas sus aventuras, como sin pensar, hasta llegar finalmente a un local desconocido. Uno de esos, que alguna vez, podría haber frecuentado.
En la puerta un letrero.
De madera, fileteado, antiquísimo.
“El último tango”.
Entró.
Los tacos eran tan delgados y largos como los dedos de sus manos, la pollera corta como sus pasos y su remera estéticamente estrecha (lo único verdaderamente estrecho que parecía quedarle). Se acercó hasta la puerta de entrada con aires de reina del lugar, el mismo que, seguro, llevaba a todos lados; y se le escaparon las primeras seis palabras de la noche.
- Hacía mucho que no te veía!
Nunca la había visto en realidad. Lo tomó de la muñeca como quien retira su perro de la peluquería canina, lo llevó al centro de la pista y rodeándolo con sus brazos como si un pulpo se le abrojara al cuerpo le susurró al oído.
- Ahora vas a bailar conmigo hasta el final.
Como siempre quisimos.
Como nunca.
Nunca había bailado con ella en realidad. Pero no pudo esgrimir ni un mísero ladrido que se dejó llevar por el vaivén de sus caderas, por el oleaje de aromas que lo adormecían de a poco, por el sonido melancólico y sensual de la música vacía; y por esos tentáculos ocultos que aspiraban lentamente todos sus deseos.
Se fue dejando llevar, la fue llevando, se fue dejando llevar y todo transcurría mientras el tiempo se iba deteniendo detrás de cada compás. Ya no quería soltarla, y en apariencia, tampoco querían liberarlo. Su voluntad era tan solo una circunstancia, un recuerdo pendiendo de la punta de su nariz y delineando sus ojos. Casi cerrados.
No había pasado un segundo y había, durante horas, bailado todos los temas conocidos. Cuando lentamente lo soltó, de a poco, muy despacio, y él sentía el desvanecimiento besándole la nuca, entonces, lo invitó a la mesa. Un espasmo inexplicable sacudió su cuerpo y lo volvió en sí por un instante. La acompañó erguido como si nada estuviera ocurriendo en su organismo y se sentó. Después de ella, claro.
La mesa estaba preparada con dos copas de cristal, un balde metálico con hielos, bien fríos, bien secos, y una botella de champagne enterrada, cubierta por un paño negro que hacía juego con manteles y tapizados.
- Brindemos - dijo ella. – Brindemos, por el último tango.
Todo era muy extraño. El tiempo, los sonidos, los olores, la sensación, Malena.... ¡¿Malena?!
Al unísono con el impacto de las copas giró su cabeza hacia la pista.
Su cuerpo.
Estaba tendido en el centro.
A su alrededor los bultos, los retazos, los trajes.
Los zapatos de charol estaban en sus pies y su cuerpo desnudo se sostenía el pecho.
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Suele condenarse en las mesas de los bares cuando tiene que seleccionar la noticia del día, observa a su alrededor como si todos pertenecieran a desconocidos universos y se esfuerza en ingresar imaginariamente en cada mirada, para intentar deducir los temas de mayor interés.
Este bar es peligroso. Ella suele pasear por estos barrios con su ceñidísimo vestido negro de falda evasé, sus tacos aguja siempre relucientes y ese ronquido sutil que esparce a su alrededor junto al perfume de narcisos. Aun cuando lo desea prefiere no encontrarla. Ni allí ni en otro sitio. Las premoniciones galopan sobre su cráneo de tanto en tanto y últimamente se transforman en visiones, en sueños, en deseos.
En el bar no hay nada prohibido, tal vez sea por eso que está en la convicción que todo lo que haga, diga y hasta piense se encuentra teñido de esa gloria de libertad donde no cabe posibilidad alguna de arrepentimientos. Los mozos trajeron los pedidos y se quedaron rumiando entre sí. Algo hablan sobre ellos sin ningún lugar a dudas. Cree que los mozos son los mismos de siempre, pero no lo sabe, no está seguro, no los recuerda. Hace años no pisaba esos recónditos lugares. Volvía sin querer, sin absolutamente ningún interés, después de mucho tiempo.
¿y si apareciera?
El tema del día podría ser mantener los salarios y los precios bajo control. La inflación del mes ya supera el 1%, y se calcula llegaría a 15 para fin de año. Pasar el fin de semana santa sin estrés también es una buena noticia.
Quién sabe porqué, desde hace unos días las premoniciones comenzaban a encarnarse, y él aseguraba ciegamente que no sucedería absolutamente nada. Durante diez largos años se alojó a metros de furtivos cazadores con los cuales rara vez debía de enfrentarse, y en esta ocasión, lejos de su barrio, de su barrio de origen claro está, peligrosamente se internaba en la minúscula waterloo con sus cuadernos bajo el brazo. Así, mientras dilataba la espera para sumergirse en una de sus cavernas predilectas, se dispuso a alterar un poco sus neuronas sobrevivientes con amargos y alcohólicos brebajes de maltas, frescos, espumosos y extra large.
Acomodó cada tipo de material en el improvisado escritorio y se disponía a recorrer con aire de escritor las letras de paupérrimos escritos que no llevaban siquiera un seudónimo para injuriar.
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